viernes, 19 de mayo de 2017

El suicidio

Cliffs of Moher, los acantilados tan bellos que han visto el fin de la trayectoria de muchas personas 

Que una persona decida acabar con su vida no deja de ser una tragedia, pese a que detrás de tal acción esté la decisión soberana y respetable del que es el único dueño o dueña, él o ella.
Cómo no entender que cuando se pierde el ánimo para seguir, cuando ya no hay motivación alguna y el peso y pesar de cada día se hacen insoportables, se tomen tales medidas extremas.
 Los motivos pueden ser múltiples, donde el amor por uno y por los demás  juega su papel, su importante papel. Aunque los romanos, sabios ellos, supiesen que cuando ya no aportaban nada más a su vida o a las de otros, podían hacerse para siempre a un lado.
Sin embargo, y pese a esta sincera introducción, pensemos que lo que debe ser evitable tiene que serlo. Que nadie debe caer en tal desesperanza para cometer tales decisiones, por falta de apoyo, por falta de aprecio o de un mínimo de cariño, por falta incluso de recursos o de estima social. Pues estos, no nos engañemos, son los motivos principales y fatales de los suicidios.
Vivimos en un mundo demasiado poco amable que creamos y también mantenemos entre casi todos. Y no es porque no sea cambiable, mejorable, porque sea siquiera utópico el hacerlo. Contribuimos con nuestra pereza, indeferencia y ciego egoísmo a agrandar esos problemas que desencadenan esas caídas en el vacío de la nada. Son problemas bien remediables: soledad, pobreza, desesperación... Características propias de una sociedad dominada por la codicia y por unos pocos, que valora más el cuanto que el como, lo que tienes más que el eres, encontrando siempre a aquellos que creen que lo que tienes es lo que eres; allá ellos, no perderé mucho tiempo con tales sujetos.
Pensemos un poco en todo lo dicho y en todo lo mucho más que ustedes saben.
No perdamos a aquellos seres más sensibles, más generosos, los más valiosos entre nosotros, por crear un mundo tan innecesariamente hostil, tan estúpidamente hostil.
Aburren los hombres con su terquedad, pero más aburridos seremos los que se la recordemos, los que recordemos su necedad.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Egoísmo humano


Uno con el tiempo va sintiendo la carga que supone el peso de las experiencias que ha andado.
Experiencias que aportan conocimiento y sabiduría sobre el comportamiento humano.
Comportamiento tan vacilante como inconsecuente que se queja de problemas que él mismo ha generado.
Conocido él, conocida ella, conocido todo ser humano.
Seres que repiten y repiten sus existencias, querencias y desavenencias.
Querencias por el propio yo disfrazado.
Desavenencias por no satisfacer las querencias.
Tradicional y acostumbrado egoísmo humano...

lunes, 20 de junio de 2016

Poetas

    Urepel

Xalbadorren heriotzean-En la muerte de Xalbador 
Adiskide bat bazen
benetan bihozbera
poesiaren hegoek
sentimenduzko bertsoek
antzaldatzen zutena

Había un amigo

entrañable y sensible
transfigurado por
las alas de la poesía,
por los versos surgidos de
un profundo sentimiento

Plazetako kantari
bakardadez josia
hitzen lihoa iruten
bere barnean irauten
oinazez ikasia… ikasia

Un cantor que iba por las plazas

aterido de soledad,
que había aprendido con dolor
a tejer palabras y
a expresarse contenidamente
desde la insobornable
verdad de su ser interior

Non hago, zer larretan
Urepeleko artzaina
mendi hegaletan gora
oroitzapenen gerora
ihesetan joan hintzana

Dónde estás hoy, en qué praderas

pastor de Urepele,
tú que huiste hacia
las altas cumbres,
hacia el mañana que
perdura en el recuerdo

Hesia urraturik
libratu huen kanta
lotura guztietatik
gorputzaren mugetatik
aske sentitu nahirik

Liberaste tu canción

demoliendo el cerco,
buscando la libertad
más allá de las ataduras
y los límites de tu cuerpo

Azken hatsa huela
bertsorik sakonena
inoiz esan ezin diren
estalitako hegien
oihurik bortitzena… bortitzena

Convirtiendo tu último aliento

en el verso más profundo,
en el grito contundente
de las verdades ocultas
que jamás se pueden expresar

Autor Xabier Lete.

Poesía cantada de Xabier Lete dedicada al también poeta-bertsolari bajonavarro "Xalbador", Ferdinand Aire Etxart. Y versión de otro poeta actual, también de la Baja Navarra, Erramun Martikorena.

jueves, 9 de junio de 2016

Nuestros sentimientos y nuestras acciones: hoy, ayer, mañana


Como nos lo describe Charles Dickens en su Hisoria de dos ciudades, este, como aquel y el que vendrá, era el mejor de los tiempos y el peor, y cualquier tiempo pasado no fue ni peor ni mejor, dejémoslo en que pudo haber sido algo diferente. Era, y añado yo, y es, la edad de la sabiduría y la de la tontería; la época de la fe y la época de la incredulidad; la estación de la Luz y la de las Tinieblas; y, cómo no, la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación: todo se nos ofrecía como nuestro y no teníamos absolutamente nada; íbamos todos derechos al cielo, pero nos precipitamos en el infierno.
Y en este pequeño desastre cotidiano estamos, donde impera más la oscuridad, la sordidez y el desaliento, que las luces, la ilusión y las buenas intenciones. Estas últimas siempre especie poco abundante, que cuando se muestran  son motivo serio de esperanza y de gozo. Valen, y me quedo bien corto en la valoración, su peso en oro. Apreciémoslas en su justa medida, entendiendo y sabiendo que las buenas intenciones deben ir acompañadas de un buen conocimiento de la situación, de saber realmente lo que se hace y obrar así con justicia. Pues el desconocimiento, el no entendimiento, precipitan el valor de la buena intención hacia un pozo de barbarie, creyendo y justificando que se hace el bien cuando sea está haciendo el mal.

viernes, 22 de abril de 2016

El desdén


Él se cansó, ya no quería verla.
 Ella no estaba cansada, pero no vio que iba demasiado lejos. No tuvo en cuenta que para todo, y también para el afecto, hay sus límites. 
Sus desprecios ante su atención, su despreocupación ante su amor, su mal carácter ante su buen humor. 
Demasiados, demasiados días desaprovechados cuando fecundos pudieron ser. Y la vida no perdona los atrasos y los destiempos que por descuidos o por poco sentido para aprovecharlos se dejan pasar.
Tarde fue cuando trató de enmendar su error. No había ya ilusión ni esperanza alguna en el corazón del hombre. Y ya aparecía sin poder ocultarse el rencor, tan peligroso compañero que tan oscuras consecuencias puede traer.
Esta vez, y para evitar las malas ideas del tan poco caballeroso rencor, fue su desdén y desprecio de él hacia ella quien los apartó ya definitivamente, ya para siempre.

jueves, 17 de marzo de 2016

En el hotel


Llega al hotel, se abre la puerta, ve dos personas, un hombre y una mujer de mediana edad, junto al mostrador de recepción. La encargada de atender las entradas le ha visto y le ha reconocido, y sonríe disimuladamente. Luis siempre tuvo gran atractivo para las mujeres, su carácter serio pero no desagradable, su comportamiento educado y atento, lleno de pequeños pero importantes detalles, y su típica belleza masculina, que lo hacían difícil de evitar a una dama.
Terminada su labor de atención a los anteriores clientes,  la recepcionista habla con él, con Luis, comentan los encantos de la ciudad. Él le dice como ha ocupado la tarde y su paseo vespertino junto al mar hasta bien entrada la noche. Pregunta a la mujer, que se llama Nuria, qué le puede aconsejar para mañana por la mañana, y le responde:

- Los mercados, vaya a los mercados. Están llenos de vida y de infinidad de cosas para ver y probar. Los tiene de todos los tipos y están unos cerca de otros, próximos o junto a la playa. Yo misma iré mañana por allí.

A él le parece muy buena idea y escucha sus explicaciones. Le dice que sí, que los visitará: el de flores, el de productos artesanales, el municipal, con su enorme variedad de productos, y a primera hora también la lonja, para ver el mercado de pescado.
Se desean buenas noches, toma las llaves y sube a la habitación. Esta es cómoda, de tonos suaves, agradables a la vista, muy bien conjuntada. Se sienta sobre la cama, tan amplia, y mira hacia la ventana, que está orientada hacia el mar. Se levanta, mira, puede ver allí en el fondo como las olas se van aproximando hacia la tierra. La naturaleza no se detiene, no hay noche ni día sin actividad, sin fenómenos que poder contemplar. Pasa un largo rato observando con tranquilidad. Le vuelve a venir a la memoria María, su hija que se fue, sonríe, la ve, la recuerda. Qué fugaz se muestra la vida, lo que ayer estaba hoy ya no. Se entristece al pensarlo y comprender que las cosas nunca volverán a ser iguales.

lunes, 7 de marzo de 2016

Repensando la vida


Llegaba ya el anochecer y él seguía contemplando como las olas con suavidad y constancia llegaban a la playa. La luminosidad del horizonte menguaba, mostrando un fondo de azules y grises tras el día nublado. A él, a Luis, le gustaba estar contemplando largos ratos, con serenidad, sin prisa alguna, los grandes fenómenos que cada día nos ofrece la naturaleza y a los que tan poco atentos y tan poco agradecidos somos prácticamente todos. Era una época en que si algo no tenía, era apremio por llegar a ninguna parte deprisa, ya había vivido lo suficiente, lo bueno y también lo malo, para entender que la urgencia, el correr de acá para allá de forma más o menos alocada, no conducía finalmente a lograr algo en verdad mejor o que valiese realmente la pena. Puede que hacer esto en su momento tuviese su sentido, aunque siempre más el sentido pensado que el propiamente real; pero ahora, con la madurez y con los duros roces y arañazos que a veces se producen en la vida, las cosas las veía diferentes, más en su medida y su lugar. Luis, a sus cuarentaiséis años, había perdido recientemente en un accidente de tráfico  a su mujer y  a su hija de seis años. Pese a tal golpe, no se derrumbó, aunque sí dejó el tren y modo de vida que llevaba. Cambió profundamente su forma de entender su tiempo y su visión de su mundo y del mundo. Los acontecimientos trágicos muestran a menudo lo relativa y muchas veces la superficial concepción que tenemos de lo que nos rodea, alterando, normalmente a mejor, nuestra lista de prioridades y atenciones. El comprender que no iba a volver a ver a esos dos seres tan queridos, tan especialmente queridos, marcó ya para siempre el pensamiento y el comportamiento  de Luis.
Así pasó largo rato tras la puesta del sol, ya bien entrada la noche, cuando ya una leve brisa comenzaba a soplar de la tierra a la mar, meciendo su cabello y enfriando sus mejillas. Estaba con la mirada fija, relajado, contemplando los brillos de las luces de la bahía en la superficie marina; y recordando momentos de agradable compañía en medio de ese marco de calma y silencio. Veía la cara de su hija, María, sonriente, juguetona, llena de gracia y de vida, como tantas veces en el parque, en el jardín, en la montaña, en la cocina, en el comedor, en la habitación... Un sonido de pasos lo despertó de su pensamiento, era una pareja que venía por el mirador, pasaron junto a él, le miraron, siguieron caminando, charlando. Él los contempló como se alejaban, juntos, hablando; le recordaban a los años en que estuvo con su mujer, Carmen, cuando ellos mismos tiempo atrás hacían esos paseos y mantenían esas conversaciones, con todo el tiempo para los dos. El tiempo pasa pero la vida sigue, nuevas parejas, nuevas vidas, nuevas ilusiones, mientras otras se apagan y dejan de existir. Es lo estremecedor y lo grandioso de la vida, que ocurre a la vez y no quiere ni puede detenerse. Es entonces, cuando te toca verlo como espectador pasivo, cuando se aprecia y se comprende la importancia de saber vivir el presente, porque no volverá, porque todos tenemos nuestro tiempo y debemos hacer lo que podamos por aprovecharlo de la mejor manera posible. El tiempo, sí el tiempo, aporta estas enseñanzas, que precisamente no se valoran cuando es su momento para vivirlas.
Dejando sus pensamientos se dirigió al hotel por la calle adoquinada. Comenzaba a llover y se reflejaban los brillos en las piedras. Caminaba sobre ellas con un ritmo sosegado y continuo. En el ambiente había cierta melancolía.

Notas:
Fuente de la foto:
 http://vientomediterraneo.blogspot.com.es/2010_07_01_archive.html